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Desde la Guerra de Malvinas

Basura nuclear en el Atlántico Sur

Londres reconoció que, en 1982, la Royal Navy trajo al Atlántico Sur 65%de las bombas atómicas de profundidad que tenía el Reino Unido. El Ministerio de Defensa británico niega que haya habido contaminación; pero hay dudas hasta en Inglaterra. ¿Qué debe hacer la Argentina?

            Durante 21 años, Londres no quiso admitirlo. El  5 de diciembre de 2003, ya no pudo más: el Ministerio de Defensa (MoD) reconoció que, durante la Guerra de Malvinas,  la Armada Real había traído armas atómicas al Atlántico Sur.[1]

            No fue por presión de la Argentina. Debió ceder a la que ejercieron, durante años: Greenpeace, el diario londinense The Guardian y la Ombudsman parlamentaria, Ann Abraham.

            El informe del MoD  no satisfizo a quienes creen que el Reino Unido aún oculta accidentes nucleares ocurridos en 1982.

            Esta es una síntesis del informe, con comentarios:

“Este informe ha sido preparado en respuesta al interés público”.

Antecedentes:

·        27.04.82: El Barón Jenkins pregunta en la Cámara de los Lores si la Fuerza de Tareas transporta armas atómicas. Vizconde Trenchard, vocero gubernamental en asuntos de Defensa: “Es práctica del gobierno no confirmar ni negar la presencia o ausencia de armas nucleares en lugares determinados y momentos determinados”.

·        30.04.82: Jack Anderson denuncia en la TV norteamericana (“Good Morning, América”, ABC) que la Fuerza de Tareas transporta armas atómicas y, “en circunstancias extremas”, el comandante John Woodward está autorizado a usarlas. 

·        Mayo de 1982: el semanario alemán Der Spiegel informa que el Sheffield se hundió con armas nucleares a bordo.

·        04.11.82:  El diputado Tam Dalyell confirma que las armas atómicas estaban en el Sheffield. Fuente: National Union of Seamen (Sindicato Nacional de Navegantes). Delante del canciller Francis Pym, Dalyell afirma en los Comunes: “Debemos decirle al mundo si hay artefactos nucleares en el fondo del Atlántico Sur [...] Algunos [físicos] creen que el  Sheffield puede estar contaminando desde su tumba”. Pym no dice palabra.

·        1991: La Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) sugiere que el Sheffield se hundió con cargas nucleares.

·        1996: el diario The Scotsman cita un informe secreto de la AIEA: hay riesgo de contaminación nuclear en el Atlántico Sur, como resultado del conflicto de 1982.

El tema reaparece con frecuencia, en el Parlamento y la prensa del Reino Unido. 

Llama la atención que “el interés público” haya sido menor en la Argentina.

El ex ministro José Pampuro pidió al MoD, en 2003, que informara si había peligro de radiación. Pero no hubo continuidad en el reclamo. 

El Senado aprobó en 2004 un proyecto mío: proponía que el Ejecutivo gestionara una “inspección especial” de la AIEA, a fin de establecer “los efectos que pudo haber tenido la presencia de armas nucleares” en el Atlántico Sur durante el año 1982.  El Ejecutivo no ha tomado acción alguna.

“Algunos de los buques en la Fuera de Tareas [...] llevaban armas nucleares. Éstas eran cargas nucleares de profundidad, una variante de las bombas de caída libre WE177, también en servicio con la RAF (Royal Air Force), para emplear en ataques antisubmarinos”.

Una bomba WE177A pesa 272 kilos y tiene una fuerza de hasta 10 kilotones. La  bomba de Hiroshima tenía una fuerza de 15 kilotones.

“Las armas fueron embarcadas en estos buques [...]: Invincible, Hermes, Broadsword, Brilliant, Glamorgan, Sheffield, Coventry, Fort Austin, Regent, Resource, Fort Grange, Argonaut”.

Era una flota en pie de guerra y 12 de sus buques traían, al teatro de operaciones, bombas atómicas.

 “El principal argumento contra la plena remoción de las bombas era  [la demora]: se necesitaban 36 horas para completar la operación, con la consiguiente desventaja en las operaciones a llevar a cabo en  Malvinas.  El pronto arribo de la Fuerza de Tareas al área era sumamente importante para evitar que las fuerzas argentinas consolidaran sus fuerzas allí y mejorasen la capacidad operativa de la pista aérea”.

Había prisa por iniciar “las operaciones”.  El  “pronto arribo” a Malvinas parecía justificar el riesgo de traer un arsenal atómico.

“Si alguno de los buques [...] entraba en aguas territoriales en torno de las Malvinas, Georgias del Sur o Sandwich del Sur, violaría [...] el Tratado de Tlatelolco.  Pero era posible, sin detrimento de la operación, asegurar que los buques que transportaban armas [nucleares] no entraran en esas aguas”.

No es así: El tratado (firmado en 1967; tenía 23 ratificaciones en 1982) había convertido a América Latina, su mar territorial y su espacio aéreo, en zona libre de armas nucleares.  El Reino Unido estaba obligado a cumplir los protocolos adicionales I y II. Los había firmado en 1967 (y ratificado en 1969), como potencia que (“de facto o de jure”) poseía territorios en Latinoamérica. El “estatuto de desnuclearización” no le permitía introducir armas atómicas en una amplia zona del hemisferio occidental (ver mapa).

  “Nuestra política [...] ha sido siempre rechazar, confirmar o denegar la presencia o ausencia de armas nucleares en un lugar determinado, en un momento determinado”.

“Nunca admitimos que tales armas fueran transportadas en buques durante períodos de paz. El conocimiento internacional de esto podría perjudicar futuras visitas de buques de la Armada [...] a puertos extranjeros. Si los potenciales gobiernos huéspedes presumieran que nuestros buques y aviones transportan armas nucleares, podríamos encontrarnos con un creciente número de países extranjeros cerrados a nosotros”.

 El Reino Unido confiesa violaciones al derecho internacional y las reglas de la diplomacia: introduce subrepticiamente armas atómicas en terceros países.

“Mientras que los efectos del hundimiento o la avería de un buque con armas nucleares podían ser serios, el riesgo podía ser minimizado concentrando las armas en buques con recámaras profundas, que en cualquier caso estarían poco expuestas a posibles daños emergentes de la acción enemiga”.

Se admite que podía haber consecuencias “serias”, si las fuerzas armadas argentinas disparaban contra un buque, ignorando que porta armas nucleares. La “solución” era trivial: colocar esas armas bien abajo,  “poco” expuestas, para “minimizar” el peligro.

Las implicancias para nuestras reservas, en caso de pérdida del Hermes o del Invencibe, eran serias, dado que esos buques llevaban alrededor de 40% y 25%, respectivamente, de nuestras reservas totales de armas nucleares de profundidad.

Así, una potencia nuclear introdujo en el Atlántico Sur dos tercios de sus bombas atómicas de profundidad.

“Los jefes militares juzgaron que la remoción de las armas impondría una inaceptable demora  [al] inicio de las operaciones”.

Es decir, resolvieron “iniciar operaciones” bélicas, con armas nucleares a bordo.

“El MoD, por lo tanto, concluyó que era necesario aceptar los riesgos que implicaba retener las armas atómicas en la flota”.

Como mínimo, esto prueba una gran desaprensión.

“Las armas nucleares no serían utilizadas en el conflicto”.

Según Jack Anderson, quien advirtió al gobierno norteamericano que las bombas “sólo” serían usadas en casos “extremos”, fue el embajador británico, Sir Nicholas Henderson. Anderson tenía un incomparable acceso a fuentes oficiales; pero no se puede conocer más que lo que dejó escrito: murió en 2005.

Durante las transferencias entre barcos, 7 contenedores de armas atómicas sufrieron daño externo. Los registros disponibles no indican cuál de esas transferencias dio origen a los daños [...]  Sabemos que ningún arma resultó afectada pero, con una sola excepción, los registros disponibles ofrecen pocos datos  [...]. En  el peor caso, un contenedor experimentó la severa distorsión de una puerta [...]. Los registros del MoD muestran que el contenido (en este caso, una variante inerte) no fue afectado. Esto sugiere que el daño a otros contenedores fue pequeño”. 

El  MoD no puede precisar cuándo y cómo se dañaron los contenedores. En “el peor caso”, quedó afectada una puerta.  Esto “sugiere” al gobierno británico que los otros contenedores sufrieron daños “pequeños”. Sospechosamente vago.

“Durante abril, mayo y junio, todas las armas (incluyendo las inertes, de entrenamiento u observación) fueron reenviadas al Reino Unido [...] y las armas de observación fueron retiradas del  Sheffield  el 16 y 17 de mayo, respectivamente”. 

Aquí sólo se dice que el Sheffield  no tenía las armas menos preocupantes: las inertes. En una nota al pie se agrega, como si fuera algo menor, que “ningún buque fue hundido mientras transportaba armas nucleares”. The Guardian sostiene que el informe no disipa las sospechas de quienes creen que el Sheffield se hundió con armas atómicas.

¿Cómo obtener precisiones y saber si la Operation Corporate 1982 dejó basura nuclear en el fondo del Atlántico Sur?  Recurrir a los mecanismos del Tratado de Tlatelolco.

La Argentina debe solicitar al Organismo para la Proscripción de las Armas Nucleares en la América Latina y el Caribe (OPANAL) que:

1.        Requiera a Londres más información sobre las armas nucleares introducidas en el Atlántico Sur.

2.        Solicite que la AIEA, mediante una “inspección especial”, verifique los efectos que pudo tener la introducción de tales armas.

El “interés público” argentino no debe ser, en este tema, inferior al “interés público” británico.


[1] Ministry of Defence, Operation Corporate 1982, The carriage of nuclear weapons by the Task Group assembled for the Falklands Campaign (London, 5 December 2003).

 

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