INSTITUTO MALVINAS :: Para pensar la Patria
 

Artículos de Interés

"No se defiende lo que no se quiere y no se quiere
lo que no se conoce"

   

 

 

 

     
 

     
     
       
       
     

 

MALVINAS: UN BALANCE NACIONAL

Por César González Trejo (*)

Con fecha 31 de Marzo de 2004, el historiador Luis Alberto Romero publica en el diario La Nación una nota que titula “Malvinas: un balance”, donde efectúa diversas consideraciones sobre la batalla austral, en las vísperas de su 22 aniversario.

Comienza Romero reiterando el concepto cristalizado en los Contenidos Básicos Comunes de la Educación General Básica, que en el capítulo de Ciencias Sociales pone a la cuestión Malvinas exclusivamente como un evento propio de “la decadencia de la dictadura militar”. En ese marco afirma que “...la guerra y su recuerdo contienen a la vez los lutos por tanta vida inútilmente sacrificada...”. Se pone así en línea con las recomendaciones de Alian Rouquié, que en el año 1983 propiciara la “desmalvinización”, primero entre las Fuerzas Armadas y luego en el sistema educativo.

Nadie duda que todo evento bélico constituye una tragedia que transgrede las leyes de la naturaleza, ya que se alimenta principalmente de vidas jóvenes, y por lo tanto genera dolor y luto en cientos de hogares. Pero ese dolor no debe servir para profundizar el derrotismo ni menoscabar el recuerdo de quienes la conciencia popular y las leyes vigentes han calificado a perpetuidad como “Héroes Nacionales”.

Romero repite la opinión más extendida en el sistema cultural, educativo y mediático, que afirma que la guerra de Malvinas fue producto de la actitud irresponsable de un general borracho que, encabezando una dictadura sangrienta, recurrió a la explotación de los sentimientos populares y a una causa justa, para “huir hacia delante”, rescatando a un gobierno que se encaminaba irreversiblemente al oprobio.

Las investigaciones más serias y recientes de los especialistas, adhieren crecientemente a la teoría de las causas exógenas para interpretar al conflicto armado de 1982, es decir, que la batalla austral no se generó por causas internas, sino que fue el producto de una deliberada maniobra de las principales potencias occidentales en el marco de la denominada “Guerra Fría” entre la alianza capitalista y el bloque comunista.

Según esta interpretación, fue el ex - presidente norteamericano, Ronald Reagan, quien le habría solicitado a su colega británica Margaret Thatcher la generación de una “pequeña guerra” contra la República Argentina en el Atlántico Sur, para poder justificar el establecimiento de una base militar de la OTAN en las Malvinas, como finalmente ocurrió luego del 14 de junio de 1982. Esa base existe en la actualidad en Mount Pleasseant, en la Isla Soledad, y es idéntica a las existentes en la Isla de Pascua y en la Isla Ascensión.

En su empecinamiento para derrotar a la Unión Soviética, Reagan inició la “Iniciativa de Defensa Estratégica”, gigantesca maniobra que hoy continúa y profundiza el presidente George W. Bush y que consistió básicamente en la instalación en el espacio de un escudo lasérico antimisilístico, que a partir de los avances de la tecnología informática norteamericana, convirtió en obsoleto todo el arsenal soviético.

Setenta años de sacrificios del pueblo ruso y de sus aliados/satélites del Pacto de Varsovia para convertirse en una potencia militar que contuviera al “aguila capitalista”, se desmoronaron ante la insalvable brecha tecnológica. Y con ello, el propio imperio soviético.

Pero para poder concretar la maniobra, EE.UU. y sus aliados – en especial el Reino Unido de Gran Bretaña-, debieron reconvertir todos sus sistemas de armas,  estableciendo numerosas bases militares donde instalar sensores electrónicos de control sobre el paso oceánico, detectando los misiles nucleares soviéticos para su neutralización. En cada una de estas nuevas bases había que establecer una pista de aterrizaje para aviones de gran porte, y permitir el despliegue naval y aéreo para dominar las líneas de control marítimo y así contrarrestar los avances soviéticos sobre el Atlántico a través de sus posiciones en el cuerno de África.

El archipiélago de Malvinas fue elegido para instalar una base en el Atlántico Sur, sustituyendo a la recientemente clausurada base de Simonstown, en Sudáfrica, por el conflicto que el régimen racista sudafricano había sostenido con el ex – mandatario norteamericano James Carter.

A diferencia de otras islas bajo dominio británico, Malvinas posee enormes ventajas para la operatividad de una base militar en el Atlántico Sur: un puerto con un importante fondeadero, un aeropuerto – ampliado al término de la guerra de 1982-, además de carecer de naturaleza volcánica.

A la ex - primer ministro británica Margaret Thatcher no sólo le “cerraba” una “pequeña guerra” para satisfacer las necesidades militares norteamericanas. También le permitía recomponer su declinante situación política y darle utilidad a la flota británica antes de su reconversión, a la vez que revertir la histórica posición de la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre la cuestión Malvinas como un problema colonial, convirtiéndose de país agresor en país agredido.

La inteligencia y la diplomacia británicas se pusieron prestamente a trabajar en la generación de una crisis, logrando hábilmente que el gobierno argentino cayera en la trampa y se precipitara hacia la ocupación armada de las Islas, poniéndonos ante la comunidad internacional como país agresor.

La necesidad británica de una rápida y definitiva victoria se evidencia en la movilización de la más numerosa flota occidental desde la Segunda Guerra Mundial, en el crimen de guerra que constituyó el hundimiento del Crucero argentino “Gral. Belgrano”, y en el trasporte hacia el Atlántico Sur de armamento nuclear.

Pero la “pequeña guerra” pensada por los anglosajones, se convirtió, merced a la presencia multitudinaria del pueblo argentino en las calles de todo el país y a la respuesta valiente de los soldados argentinos, en una guerra de mediana intensidad, con posibilidades de escalar a una conflagración de alta intensidad.

Ahora bien, la mayoría de los argentinos desconocemos los detalles de esta agresión a la que hemos sido sometidos, logrando convencerse a gran parte de nuestra sociedad de que somos culpables de haber tenido la osadía de enfrentar la injusticia del usurpador. La desmalvinización ha logrado “culpabilizar a la víctima”, y en nuestras escuelas, universidades, círculos intelectuales, oficinas de redacción, año tras año, se nos recitan las pavadas y mentiras sobre la Gesta de Malvinas.

En realidad, se cumple a pies juntillas con la definición que el pensador chino precristiano, Tzun Tzú, hiciera sobre la guerra: “Uno no derrota al enemigo cuando destruye sus ejércitos u ocupa sus ciudades, sino cuando lo convence de que pelear no tiene sentido”.

De esta manera, pretendemos responder a la pregunta que se formula Luis Alberto Romero sobre qué hicieron mal los militares, si hacer la guerra o perderla. Como vimos, las alternativas que enfrentó el gobierno de facto del General Galtieri para evitar la guerra fueron nulas. Ante ello, lo que se imponía era realizar el máximo esfuerzo por ganarla, y es allí donde las expectativas populares se vieron frustradas, ya que la dictadura procesista – al igual que tantos gobiernos “democráticos” que le antecedieron y sucedieron-, carecía de la voluntad, la conciencia y la capacidad para conducirnos hacia la victoria, o al menos, hacia una paz honrosa.

El columnista Romero prosigue con una serie de argumentaciones extrañas en alguien habituado a los estudios históricos, recurriendo a la falsa oposición conceptual nacionalismo versus democracia. En los círculos historiográficos serios nadie discute que las ideas de Nación y Democracia, tal como se universalizaron y las entendemos actualmente, nacieron y se desarrollaron como un binomio inseparable, frutos de la revolución burguesa. En los EE.UU., en Gran Bretaña, en Francia, en Alemania, en Italia, etc., tener fuertes sentimientos nacionales no es antitético con defender el sistema democrático, al contrario. Sólo pequeños sectores neonazis oponen el nacionalismo a la democracia.

Romero también incurre en un error, cuando afirma que “...las grandes usinas de identidades nacionales esenciales están hoy en retirada”. Suponiendo que haya querido afirmar que las naciones están en proceso de desaparición – la afirmación es ambigua y elíptica-, no hay más que leer los diarios en cualquier idioma para refutarlo. Todas las noticias de la política internacional se refieren a enfrentamientos donde los problemas nacionales tienen más vigencia que nunca.

Ridiculizando a quienes reivindicamos la soberanía territorial (una de las dimensiones, no excluyentes, de la soberanía), Luis Alberto Romero declara que “la patria no está en peligro por la cesión de unas hectáreas de hielo”. Tiene razón: la Patria está en peligro si no podemos extraer con sabiduría las lecciones de nuestro pasado y nos encontramos impedidos de expresar nuestra gratitud a quienes lo brindaron todo por ella.

Pero el yerro más importante del historiador Romero, es asumir la argumentación de la potencia que continúa usurpando nuestro territorio, esto es, que nuestros reclamos “...se refieren a territorios que durante mucho tiempo estuvieron despoblados”, lo que constituye una mentira, puesto que todos sabemos que para ocupar nuestras Islas Malvinas, los británicos tuvieron que desalojar a la población criolla. Incluso, llega a contradecir a nuestra Constitución Nacional, diciendo que “sólo cuando los habitantes de las islas decidan que prefieren integrarse al estado argentino, las Malvinas serán argentinas”. Nuestra Carta Magna dice que la recuperación de nuestros archipiélagos australes es una causa irrenunciable de los argentinos, y que se respetará los intereses de sus habitantes, pero no sus deseos, como lo reclama el Reino Unido.

¿Qué extraña vocación democrática inspira a Romero que se atreve a desconocer las leyes que declaran Héroes Nacionales a los gloriosos caídos en Malvinas y que él trata como “vidas inútilmente sacrificadas” y contradice abiertamente a la Constitución Nacional?    

La Inglaterra imperial produjo grandes intelectuales que no tuvieron empacho en servir a Su Majestad abiertamente, incluso como espías: D.H. Lawrence, Rudyard Kipling, Joseph Conrad, etc. Sería deseable que nuestros intelectuales sirvan alguna vez a los intereses nacionales y populares, poniéndose a la altura de aquellos que lo dejaron todo, al dar sus vidas por todos nosotros y por nuestra tierra.

 

(*) Veterano de guerra, ex soldado del Regimiento de Infantería 3. Fundador de la Federación de Veteranos de Guerra de la República Argentina. Director/Editor del periódico “2 de abril en el pensamiento de la generación Malvinas”. Fue presidente de la Comisión Nacional de Ex – Combatientes de Malvinas del Ministerio del Interior (1996-2000). Actualmente es apoderado de la Comisión de Familiares de Caídos en Malvinas e Islas del Atlántico Sur para la construcción del Monumento a los Héroes en el Cementerio Argentino de Darwin, Isla Soledad, y Secretario del Instituto Malvinas, Patagonia e Islas del Atlántico Sur.

Sitio armado por Maximus: firmesydignos_argentina@yahoo.com.ar  

 

Instituto Malvinas: :: tel 4123-4567 :: institutomalvinas@yahoo.com.ar