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El hundimiento del crucero General Belgrano como crimen de guerra
Por: Salvador María Lozada (especial para ARGENPRESS.info)
Fecha publicación:5/5/2005

El día 2 de mayo último el Almirante E. Molina Pico, ex comandante en jefe de la Armada, ha hecho públicas unas manifestaciones según las cuales el hundimiento del crucero General Belgrano no constituyó un crimen de guerra sino una mera acción de combate, justificando así el comportamiento antijurídico del gobierno británico de la inolvidable Mrs. Thatcher.

Se trata, en el mejor de los casos, de un grosero error.

Aun desde la propia óptica de funcionarios del Ministerio de Defensa británico, presentaban el hundimiento un perfil de nítida inexcusabilidad. Veáse si no: '...En sus partes al Almirantazgo, el Conqueror demostraba que el Belgrano era cada vez menos una amenaza. Había invertido su rumbo y se alejaba cada vez m s de las Task Force. Mantenía su rumbo sin alteraciones sospechosas. No zigzagueaba. Desarrollaba poca o ninguna actividad submarina. Se mantenía fuera de la zona de exclusión. El mismo teniente Sethia - del Conqueror- admitió que el viejo barco no representaba peligro alguno.

Ante esta situación, el comandante del Conqueror (esto es clave) pregunto al Almirantazgo: 'Dada esta nueva información, realmente quieren hundir esa nave?' Pero no hubo revisión de la orden'. '...Margaret Thatcher insistió por años en decir que el General Belgrano navegaba rumbo a las Malvinas cuando fue atacado. No es cierto: Navegaba rumbo a la costa argentina desde hacia horas y estaba apenas a 100 millas de esa costa argentina cuando lo alcanzaron los tres torpedos'.(1)

Como es notorio, la decisión de hundir al Belgrano no tuvo ninguna justificación bélica sino que respondió a la intención británica de radicalizar el conflicto e impedir los progresos del plan de paz que en ese momento articulaba el Presidente Belaúnde del Perú, plan contrario a la Real Politik que ejercitaba la mentada Margaret Thatcher. Constituyó no solo un ilícito bélico, sino también un ilícito contra la paz.

Estos hechos suscitan un derecho que es bien conocido. Desde los grandes maestros españoles del Derecho Natural hasta nuestros días, se sostiene universalmente que aun en la hipótesis de la guerra legítima y defensiva, el daño al enemigo no debe exceder una cierta proporcionalidad y una cierta funcionalidad bélica.

Decía al respecto el insigne Francisco de Vitoria: 'Si, pues, para lograr la victoria final de la guerra, representa poco atacar una fortaleza o una ciudad en que hay guarnición enemiga y se hallan muchos inocentes, no parece lícito que para combatir a unos pocos culpables se pueda matar a muchos inocentes incendiando o empleando máquinas o cualesquiera otras armas por las que indistintamente son aniquilados inocentes y culpables'.

Y poco después, respecto de las facultades del beligerante legítimo: 'Pero estos derechos no hay que llevarlos más allá de lo que exija la necesidad de la guerra y de lo que otorgue la costumbre a los beligerantes'. Y Vitoria dice enseguida: '...evitando toda atrocidad y toda inhumanidad'. Y percibiendo que los pobres soldados y suboficiales son meros instrumentos de los que decidieron la guerra, se debe obrar causando: '...menor daño y perjuicio a la nación agresora; sin perjuicio de castigar debidamente a los culpables. Mayormente que las más veces, entre los cristianos, toda culpa es de los príncipes. Porque los súbditos pelean de buena fe por sus príncipes. Y es una iniquidad que, como el poeta dice 'paguen los aquéos los delirios de sus reyes''(2).

Enseñanza semejante se encuentra en el célebre Francisco Suarez S.J., en cuyo tratado De Triplice Virtute Theologica, Fide, Spes Et Charitate, se encuentra la Disputatio XIII, titulada De Bello, en cuya sección VII se leen textos análogos (3) Reglas semejantes se encuentran, mas tarde en la obra también clásica de Hugo Grocio, De Iure Belli Ac Pacis, en la cual el principio legitimador es la 'necesidad de la guerra', lo cual torna injusto cualquier acto que vaya más allá de este criterio de funcionalidad, cualquier acto que implique medios exorbitantes a los fines bélicos, como claramente fue el hundimiento de un viejo barco que huía hacia la costa patagónica sustrayéndose muy deliberadamente a cualquier confrontación con los adversarios. Esto esta claramente dicho en el capitulo I, del libro III de esta obra, lugar en el que sugestivamente se encuentran dos de las muy pocas citas que Grocio hace de Vitoria, que lo precedió casi un siglo, precedencia ésta que subraya la notable significación cultural de la Escuela Española de Derecho Natural.

Aparece así un marco definido de ilicitud. Los británicos fijaron unilateralmente el ámbito de sus necesidades bélicas de carácter naval. Establecieron para ello una zona de exclusión en la que pretendían impedir el ingreso y las operaciones de los navíos extraños a sus intereses. De tal modo, quedó así definido - por ella misma y por consiguiente con toda la holgura, ventaja y amplitud inherentes a un planeamiento bélico- el espacio donde su obrar naval y militar respondía a lo que entendí eran sus necesidades operativas. Esto equivale a una confesión acerca de qué era necesario y qué no era necesario desde el punto de sus propios intereses navales y militares. Se ve así que el hundimiento aleve de un antiguo barco de nula significación ofensiva en aguas claramente lejanas de aquella zona de exclusión, y dentro de las 200 millas del mar territorial argentino, manifiesta en toda su inequívoca e intergiversable realidad la violación injustificada del principio Altere Non Laedere, por parte de ese beligerante, lo cual apareja la obligación de reparar el mal causado.

Tiene sentido referirse a la posición de las víctimas . Ya se vio recién cómo Francisco de Vitoria sitúa a los súbditos, entre los inocentes de la guerra, porque 'pelean de buena fe por sus príncipes' y en referencia homérica presenta como inicuo que los 'aquéos paguen por el delirio de sus reyes'.

No ignoramos por cierto quienes son, Mutatis Mutandi, los aquéos y quienes los reyes delirantes en el contexto de 1982. La posición de las víctimas, sin embargo, no es la del soldado voluntario que peleaba por su príncipe en el siglo XVII, en el cual pensaba el buen P. Vitoria. Es peor y en consecuencia más digna de tutela jurídica. La gran mayoría de las víctimas no fueron soldados voluntarios sino conscriptos, forzados por la ley a prestar el servicio militar obligatorio. No eligieron ni el servicio, ni la fuerza en la que debían servir, y mucho menos la guerra ni el teatro fatídico de operaciones en el que iban a encontrar la muerte o sufrir el daño moral inenarrable y las onerosísimas secuelas psicológicas y aun meramente humanas del naufragio en las aguas procelosos y heladas del Atlántico Sud en el, ya allí, invernal mes de mayo. Doblemente inocente, pues, las víctimas de la violación del mandamiento Altere Non Laedere, doblemente inocentes estos 'aquéos' pagadores del intoxicado delirio de sus 'reyes', en el caso la dictadura militar en la etapa particularmente intoxicada del General Galtieri.

La justificación de los británicos que tan extemporánea como equivocadamente intenta el Almirante Molina Pico, varias décadas después, obliga a reflexionar acerca de si no hay aquí una identificación ideológica con el adversario, que a veces es franca admiración, que paraliza a los militares de la (In)Seguridad Nacional los paraliza y los confunde frente al
enemigo, 'y así los originarios matices de la resolución desmayan bajo los pálidos toques del pensamiento, y las empresas de gran aliento e importancia, por ésta consideración, tuercen su curso y pierden el nombre de acción', como decía Hamlet (III, 1). Pero acaso no hay prueba más formidable de los desastrosos efectos de la identificación ideológica que lo ocurrido con la Sra. Thatcher.

De su caída, o al menos del substancial desprestigio de su partido en la política interior del Reino Unido, dependían en mucho, como parece obvio, los progresos que la Argentina podía hacer en sus esfuerzos para aproximarse a una recuperación de la soberanía sobre las Islas Malvinas. También deterioraba en mucho a Thatcher que el hundimiento del crucero Belgrano fuera un crimen de guerra.

El diputado laborista Tom Dalyell realizo una exhaustiva investigación que exhibía la inútil crueldad que importó el hundimiento del Belgrano, una nave obsoleta que notoriamente huía, alejándose de la zona de exclusión fijada por los británicos; y la personal responsabilidad de la primer ministro en ese acto censurable.

Dalyell estuvo muy cerca de hacer caer a Thatcher, o al menos de averiarla seriamente. Pero en el momento decisivo un almirante argentino fue quien la salvo, alguien que comandó la paralizada flota argentina en la guerra de las Malvinas, alguien para quien ella debiera ser una 'most pernicious woman', para seguir con el pobre Hamlet.

Veámoslo: 'Finalmente, consultado Dalyell si lo del Belgrano podría llegar a convertirse en un Watergate inglés, expresó que estuvo a punto, pero fue cuando Thatcher recibió una sorprendente ayuda: la televisión británica le hizo un reportaje al almirante Lombardo. Infortunadamente el almirante Lombardo dijo que en el caso de haber sido él comandante del Conqueror hubiera hundido al Belgrano. Eso fue usado por el gobierno británico hasta el cansancio para apoyar la decisión de Thatcher'(La Razon, 30-4-85).

El Cid Campeador ganaba batallas, dicen, aun después de muerto. El almirante Lombardo, aun pasado a retiro, contribuía a consolidar el éxito político de los conservadores británicos y a dificultar la recuperación argentina del archipiélago.

Notas:
1) Clive Pointing, EL DERECHO A SABER, editorial Atlántida, Bs. As. 1986. Estos textos son extraídos del resumen de ese libro hecho por la revista GENTE, edición del 1 de mayo de 1986.
2) Francisco de Vitoria, Relecciones y Conferencias, en Vitoria, El Pensamiento Político Hispanoamericano, Depalma editor, Bs.As., 1967, parágrafos 1167, 1205, 1217, 1255.
3) 'Innocentes nulla ratione possunt per se occidi, etiasi alias republicae poena non conferetur codigna, per occidens autem possunt, quando necessarium est ad victoriam consequendam. Ratio huius conclusionis est, quia occidere innocente est intrinsere malu...Negandu tame, quando id non est necessarium ad victoriam, ut loquimur, ac discerni queunt innocentes...At vita non cadit sub humanum dominio; unde nullus potest illa priuari, nisi culpam propiam'.

Datos del autor: Salvador María Lozada es profesor universitario, ex juez y camarista de la Nación.
Información Adicional
Tema: El conflicto del Atlántico Sur
País/es: Argentina / Gran Bretaña

 

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